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EL RECHAZO QUE ENGANCHA.

  Un día le comenté a alguien que le consideraba un persona con alegría contagiosa, siguiendo esa costumbre mía, de reforzar aquellas cosas positivas que veo en los demás...

  No obtuve respuesta alguna. No me devolvió un gracias asertivo, ni una broma modesta.  Solo obtuve señal de la aplicación de mensajería, que confirmaba la lectura del mensaje. Esta situación se repitió tal cual, en varias ocasiones.

  Vista la nulidad de respuesta, decidí emprender un simple experimento para confirmar una funesta teoría, que sospechaba sobre esa misma persona. Envié un mensaje explicando que me parecía decepcionante su actitud respecto de un tema concreto. Desde ese momento, no he dejado de recibir su atención.   Unas veces brusca y defensiva, otras veces suave, cariñosa y conciliadora. 

  La cuestión es que alguien que había ignorado mis mejores artes, estaba ahora sometido por una crítica feroz. Este experimento tan personal,  respetando por supuesto la identidad de la persona afectada, me sirve para ilustrar un síntoma de inmadurez personal muy común en nuestros días.

  Las personas que atienden más la agresión que al cariño, las personas que refuerzan más a quienes les perjudican o agravian, en lugar de aquellos que intentan darles su bondad:

  Lo siento, tengo que escribirlo...son inocentes víctimas potenciales del maltrato emocional.

  Los mecanismos mentales propios de quienes se enganchan más a un guantazo que a un beso, son variopintos. Podríamos mencionar a groso modo los siguientes:

  Una baja autoestima que les hace necesitar el halago constante. Mostrando la consecuente frustración cuando no lo reciben, insistiendo  una y otra vez hasta que se lo dan.

  Ignorancia y poco autoconocimiento sobre la génesis de los estados emocionales.   El hecho de pensar mucho en alguien porque nos ha hecho daño, no significa que estemos enganchados a esa persona sentimentalmente (ni si quiera en el caso de que nos haya obsequiado antes con algún placer íntimo o momento romántico aislado).  

  Falta de confianza en sí mismo, para poder afrontar que los fracasos existen. Para aceptar, sin traumatismos para nuestro auto concepto, que podemos no gustar a otras personas, y seguir gustándonos a nosotros mismos.

  Nula capacidad para tolerar la frustración. Haciéndonos olvidar nuestro mejor modus operandi, hasta llegar a cualquier acción en favor de resolver ese conflicto interno de decepción, por no gustar a los demás.

  Falta de inteligencia social, en lo referido a la lectura de las intenciones de los demás. Es bueno, por no decir necesario, aprender a detectar que personas vienen con un cuchillo en la mano para destripar nuestras entrañas sentimentales a su beneficio; y que personas vienen con la luz de la felicidad en sus manos dispuestos a compartirla con nosotros.  

  Aprovecho para recordar, que de los primeros nunca se podrá estar verdadera y puramente enamorado. Con los segundos, el amor caerá tarde o temprano en alguna de sus formas, aunque no tengamos la suficiente lucidez para reconocerlo.

  Hay ciertos sujetos tóxicos emocionales,  que utilizan estos vacíos de madurez emocional en los demás, para aprovecharse.  Se sirven de herramientas como hacer sufrir, frustrar, o dejar a medias, para  provocar una ingenua atención continuada. 

  No quiero insinuar, que seamos culpables por ser manipulados en primera instancia. Pero, sí lo somos de reforzar  atendiendo a quien lo hace, pues estamos invitándole a que siga por ese camino de maniobras personales agresivas.

  Como bien dice el proverbio: "No culpes al mar de tu segundo naufragio".   La responsabilidad de que un guantazo psicológico nos enganche al agresor, mucho más que un abrazo psicológico al dador; es nuestra. Se cura con desarrollo personal y un buen proceso de maduración emocional.

 S.V.R

 

 

Desarrollo personal y psicologia  | desarrollopersonalypsicologia@hotmail.com

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